Letras, sonidos y otras hierbas

Relatos

El viajero del tiempo

¡Me recargo en la pared! ¡Chingada madre! ¿Ahora qué chingados voy a hacer? -renegó el viajero del tiempo, antes de darle una patada al TimeTraveler v3.0-.

Esta madre ya se chingó; está poniendo la Edad Media en el 2011. Reflexionó pa’ sus adentros, mientras veía que las reliquias del papa llegaban a la Ciudad de México.


Un paseo.

Cuando ves una manada de gente, sin parpadear casi y todos volteando a un mismo lugar; algo de lo que merece la pena hablar está pasando. Un muerto, un atropellado al menos, una balacera, dos mujeres peleando, tres autos chocando, cuatro hombres tomados de la mano o una de esas cosas que sabes que no verás (al menos con tus propios ojos) todos los días. Así que cuando me tope con la manada de gente todos volteando al mismo lugar. Hice lo que cualquier persona normal haría: me uní a la manada.

Lo que mi vista naturalmente buscó encontró, y me reconfortó. Pues hoy día las manadas de gente volteando a un mismo lugar, escogen para sostén de la manada cualquier mamada de esas que vemos todos los días: un clochard muriendo, un perro cagando (jijiji), dos amantes imberbes o tres policías comiendo tacos. Pero el lazo invisible que unía (nos) esta manada, fue uno de esos que bien valen llegar tarde a lo que sea, pero nunca sirven de pretexto para nada. Una pelea; un viejo y un jóven. Ambos con un jóven como testigo y como comparsa  de todo el espectáculo una vieja gritando. Aunque nadie podíamos escuchar sus gritos, obviamente.

Detrás de los actores de este improvisado teatro, como parte del escenario podíamos ver dos carros (Uno Nissan Xterra color gfris, y el otro un carro color guinda y suci0, me es imposible nombrar marca y módelo) con las puertas abiertas. Por lo que pude inferir que ambos equipo acaban de bajarse de sus respectivos autos, por lo que ahora sabemos que el pleito lo originó una discordia de tránsito.

El viejo estaba del lado de la Nissan Xterra. Era un viejo de esos que se visten a la usanza del “profesionista”. Con pantalón sastre azul, y una camisa en otra tonalidad, pero esta más clara, de color azul también. Cabello y barba completamente canos y unos lentes delgados; que le daban un aire de arquitecto; por lo que inferimos que el viejo es profesor de la facultad de arquitectura y diseño en el Instituto Tecnológico de Tijuana.

El jóven, de tez morena, delgado y de caminar erguido. Guardia zurda, me consta. Aparecía de mi lado derecho, y capitaneaba al equipo de los recién bajados de ese carro cuya marca y módelo no puedo decir. Por lo que nos es ahora fácil deducir que se llama Mario y trabaja como mensajero de un abógado importante. Obtuvo ese trabajo gracias a su testarudez e inteligencia, que lo llevaron a pasar de ser uno de los empleados de limpieza que trabaja en la oficina, como parte de la empresa a la que se le subrogaba ese servicio, a ser ahora el mensajero y hombre de confianza del importante abogado.

Los dos que acompañaban, a Mario y al arquitecto respectivamente, son igualitos entre sí. Solo los diferenciaba el color y la insignia de sus camisetas. La de uno era color naranja con la palabra aeropostale cruzándole el pecho. Y la del otro era color verde limón, también con la palabra aeropostale cruzándole el pecho. Por lo que nos fue imposible conocer sus nombres. Mientras la vieja sigue gritando, solo que ahorra manotea y seguimos sin escucharla. No importa.

Mario y el arquitecto siguen acercándose amenzantes. No se escucha lo que dicen y gritan. El parloteo, la guasa y las bromas de las alrededor de veinte personas que estamos disfrutando del espectáculo, hacen imposible que los insultos y las amenazas puedan escucharse. Por lo que tenemos que inferir que Mario le dijo al arquitecto que si estuviera más jóven le rompería toditita su puta madre, a lo que el Arquitecto le respondió que era muchacho mugroso y que le faltaban huevos, a Mario obviamente.

Levantaron ambos sus guardias (ahí fue donde me di cuenta que Mario tenía guardia zurda) y se acercaron. Una patada del ahora mensajero por poco y le da en la espinilla al arquitecto. Incluso, le ensució el pantalón al maestro de Bases de Estática y Mecánica de Materiales. Los dos acompañantes amenazaron con el dedo índice y se alejaron todos. Entre el arquitecto y Mario volvió a aparecer una prudente distancia. La vieja no paraba de gritar, y todavía no podemos escucharla.

Con rapidez, todos vuelven a sus autos y se van. El tráfico vuelve a fluir. Y yo me tomé dos minutos (creo que exagero) para pensar. Ojalá y pudiera contarles que Mario acababa de reprobar Bases de Estática y Mecánica de Materiales por segunda ocasión, viéndose obligado a cursar solo una materia el próximo semestre. Habiendo pospuesto su vida por seis meses, un coraje se apoderó de él y siguió al maestro al salir de la escuela. Una vez que la distancia entre el punto a suceder la golpiza y la escuela, podría considerarse prudente. Mario se bajó de su carro de estudiante y fue a reclamarle al arquitecto.  En plena calle. Sirviendo ahora de algo los gritos de la vieja esa que aún no se calla, pues evitaron que Mario golpeara al que fue su maestro. Pero no es así.

Afortunadamente pude memorizar los números de placas de los carros y del arquitecto. Daré una vuelta por Tránsito del Estado. Ahí podré obtener las direcciones. Aunque seguramente el carro de Mario estará a nombre del abogado. Pero podré tener la dirección de su trabajo. Seguramente el abogado pone en todos sus trámites la dirección de la oficina.

Los voy a seguir un par de semanas. Después, ya veré como hacer para que se junten, y encontrarle un buen final a este relato. Con otro poco de suerte, y lo publico.


Mercadotecnia

Fue justo en la esquina del Blvd. Las Américas y calle de la amargura. Donde está el semáforo aquel, donde mataron al hijo de… no, disculpen, eso fue en otro semáforo.

Los que me conocen saben que las faltas ortográficas pueden ponerme como loco y que algo tan simple como una tilde mal puesta o una tilde no-puesta; puede obsesionarme al grado de convertir una caminata de media hora, en una de tres horas. En una de estas caminatas fue que me topé con este letrero (no puede llamarsele de otra forma) resposado en las piernas de un hombre en silla de ruedas. El Hombre tenía la cara triste, pero la mirada esa que tiene la gente feliz. Paradojas como esta son tan normales en Tijuana que lo extraño es que alguien como yo la haya notado. El letrero era una cartulina verde con letras hechas por manos torpes, un plumón de tinta negra y la prisa matutina. Las letras formaban las siguientes palabras:

“Dios lo vendiga

no puedo trabajar y necesito su coperacion

Dios los vendiga

gracias” (SIC)

Imposible dejar de anotar que no corregí lo anterior. Pero ya ven que luego hay lectores que solo leen un pedazo, lo sacan de su contexto y atentan contra la reputación ortográfica del verdadero dueño y creador del texto; nunca está de más ser precavido y menos tratándose de la reputación ortográfica, ¿qué otra cosa tiene un hombre hoy día?

Esta vez no me puse como loco ante el letrero ni traté de corregirlo. Bueno, sí traté de corregirlo, pero no con el arrebato de las otras veces. Esta vez actué con sutileza, pues a decirles verdad, me causó lástima aquel hombre feliz. No iba a costarme mucho, acaso unos pesos a lo mucho un par de dólares. Además, la satisfacción de corregir ese letrero valdría más que lo otro.

Cruce el Blvd. Las Américas y entré en la Papelería Martínez, salude con prisa a Don Héctor, al chaparro y al Junior (la señora no estaba). Y compré una cartulina color verde fosforecente, un plumón de tinta negra. Y con la misma prisa que se había hecho el letrero anterior, garabatié las letras, solo que ahora sí respeté reglas ortográficas, y el letrero ahora se veía así:

“Dios los bendiga

No puedo trabajar y necesito su cooperación

Dios los bendiga

Gracias.”

Debo admitir también que mi letra es fea, como bien habrán podido imaginarse. Sin embargo, nunca será manchada con la fealdad que conlleva la mala ortografía.  Y así, con la falsa seguridad que da el saber que está haciéndose eso que llaman “una buena obra”, me acerqué al hombre feliz de la silla de ruedas. Con una sonrisa escondida desenrrollé la recién comprada y escrita cartulina. Hube de estirar completamente mis brazos para ponerla frente al hombre, y orgullosamente mostrársela. No tenía que decirle nada, todos entendemos que se la estoy regalando para que pueda continuar con su pediguñería.

La mirada, se le descompuso, se convirtió en una que iba más acorde con la expresión en su rostro, y con un tono de voz bastante rasposo me dijo:

– Sí sé como se escriben pendejo, solo que así saco más dinero.


Cementerio

Qué potroso que fue él, dejo de ser un prángana pues en la povisa pradeña encontró pa’ la poya, así evito quedarse sentado en el poyetón el muy puto.  Fue un pragmático practicante de la praticultura e incluso receptor de preceptos de prácrito y otras disciplinas preadamitas, dicho esto así por lo precario de las palabras que a esta practica preceden. Pasar de teoría a la praxis requiere precausionarse, por lo que os pido preacordemos no prejuzgar, ni prear para arrojar al pozo; permítanme pues ponerles una precesión….

Pasando el preámbulo, volvamos a nuestro precavido personaje que nunca subíase a prao, ni por praliné, ni prasio ni algún otro preciado premio que le fuese prometido. Pues precisamente, la precipitación había previamente llevado al precitado al precito. Por lo predeciblemente predicaba nuestro preestablecido personaje: “No nos precipitemos a preclusión ni tomemos preda precozmente.”

El prefijo pre predispone la predominancia de este predestinado como predispuesto predicamento. Predilección por la cacofonía espero predispongan, de lo contrario el prefabricado prefacio parecerá un pregón de preguerra. Por lo que mi pregunta de pregustación prefiero  preflore en ustedes paciencia a este preliterato o a este intento de preludio. Prelucida la disculpa, la preexistente culpa es ya prehistoria.

Premisos pues, a  Pedro le premía premonición de premuerte. Prelado buscó, premioso en estos menesteres sintió premoriencia. Premiso quedó después de la premunición preinsertada y habiendo prendado. Preparado a cumplir para lo que desde prenato predestinado estaba.

LM

 


Conclusiones del selfsteemometer (aún sin nombre en español)

Después de atender la invitación que les hiciera el presidente de los EE.UU. Bamack Orama, el grupo interdisciplinario de científicos de la Multiversidad Independiente de Primidos (MIP), inventores del selfsteemometer (aún sin nombre en español) emitieron un boletín de prensa, donde informan las primeras conclusiones que han logrado, gracias a este innovador invento.

El selfsteemometer es un aparato que va instalado dentro un casco que se pone en la cabeza de las personas. Debajo del casco, hay unos sensores que atraviesan el cráneo con rayos Z (otro invento antes reseñado en el número anterior de esta prestigiosa revista), que logran escanear, medir y luego contabilizar (que no es la misma cosa) las ideas causadas directamente por las reacciones provocadas por factores externos (entiéndase por factores externos las miradas, los comentarios, el cuchicheo y las muecas). Mientras, estos factores externos son monitoreados por una cámara de 360 grados que  va capturando todo lo que sucede en la realidad física inmediata al portador del selfesteemometer. Para que entre en juego el algoritmo creado por el profesor Rucbiinzky, que asigna un valor algebraico a las reacciones y posteriormente a la idea causada por los factores externos. Calculando la AIB (autoestima interna bruta), que nos da la posibilidad de contabilizar el autoestima de una persona.

Dentro del grupo de investigadores hay, como es obvio, lingüistas de gran renombre que han emprendido una investigación paralela, ayudándose con esta innovadora herramienta. El objetivo de está investigación es identificar las diferencias en el lenguaje empleado, por miembros de la población con autoestima menor al promedio, al lenguaje empleado por los miembros cuya autoestima es mayor al promedio.Los resultados han sido celosamente guardados, pero aquí podemos adelantarle uno de los principales teoremas desprendidos de estas investigaciones: el número de adjetivos y adverbios empleados por una persona al hablar, es inversamente proporcional al AIB (autoestima interna bruta). Por lo que podemos inferir, que se reducirá el uso de las palabras que caigan en esta categoría gramatical .