Letras, sonidos y otras hierbas

Un paseo.

Cuando ves una manada de gente, sin parpadear casi y todos volteando a un mismo lugar; algo de lo que merece la pena hablar está pasando. Un muerto, un atropellado al menos, una balacera, dos mujeres peleando, tres autos chocando, cuatro hombres tomados de la mano o una de esas cosas que sabes que no verás (al menos con tus propios ojos) todos los días. Así que cuando me tope con la manada de gente todos volteando al mismo lugar. Hice lo que cualquier persona normal haría: me uní a la manada.

Lo que mi vista naturalmente buscó encontró, y me reconfortó. Pues hoy día las manadas de gente volteando a un mismo lugar, escogen para sostén de la manada cualquier mamada de esas que vemos todos los días: un clochard muriendo, un perro cagando (jijiji), dos amantes imberbes o tres policías comiendo tacos. Pero el lazo invisible que unía (nos) esta manada, fue uno de esos que bien valen llegar tarde a lo que sea, pero nunca sirven de pretexto para nada. Una pelea; un viejo y un jóven. Ambos con un jóven como testigo y como comparsa  de todo el espectáculo una vieja gritando. Aunque nadie podíamos escuchar sus gritos, obviamente.

Detrás de los actores de este improvisado teatro, como parte del escenario podíamos ver dos carros (Uno Nissan Xterra color gfris, y el otro un carro color guinda y suci0, me es imposible nombrar marca y módelo) con las puertas abiertas. Por lo que pude inferir que ambos equipo acaban de bajarse de sus respectivos autos, por lo que ahora sabemos que el pleito lo originó una discordia de tránsito.

El viejo estaba del lado de la Nissan Xterra. Era un viejo de esos que se visten a la usanza del “profesionista”. Con pantalón sastre azul, y una camisa en otra tonalidad, pero esta más clara, de color azul también. Cabello y barba completamente canos y unos lentes delgados; que le daban un aire de arquitecto; por lo que inferimos que el viejo es profesor de la facultad de arquitectura y diseño en el Instituto Tecnológico de Tijuana.

El jóven, de tez morena, delgado y de caminar erguido. Guardia zurda, me consta. Aparecía de mi lado derecho, y capitaneaba al equipo de los recién bajados de ese carro cuya marca y módelo no puedo decir. Por lo que nos es ahora fácil deducir que se llama Mario y trabaja como mensajero de un abógado importante. Obtuvo ese trabajo gracias a su testarudez e inteligencia, que lo llevaron a pasar de ser uno de los empleados de limpieza que trabaja en la oficina, como parte de la empresa a la que se le subrogaba ese servicio, a ser ahora el mensajero y hombre de confianza del importante abogado.

Los dos que acompañaban, a Mario y al arquitecto respectivamente, son igualitos entre sí. Solo los diferenciaba el color y la insignia de sus camisetas. La de uno era color naranja con la palabra aeropostale cruzándole el pecho. Y la del otro era color verde limón, también con la palabra aeropostale cruzándole el pecho. Por lo que nos fue imposible conocer sus nombres. Mientras la vieja sigue gritando, solo que ahorra manotea y seguimos sin escucharla. No importa.

Mario y el arquitecto siguen acercándose amenzantes. No se escucha lo que dicen y gritan. El parloteo, la guasa y las bromas de las alrededor de veinte personas que estamos disfrutando del espectáculo, hacen imposible que los insultos y las amenazas puedan escucharse. Por lo que tenemos que inferir que Mario le dijo al arquitecto que si estuviera más jóven le rompería toditita su puta madre, a lo que el Arquitecto le respondió que era muchacho mugroso y que le faltaban huevos, a Mario obviamente.

Levantaron ambos sus guardias (ahí fue donde me di cuenta que Mario tenía guardia zurda) y se acercaron. Una patada del ahora mensajero por poco y le da en la espinilla al arquitecto. Incluso, le ensució el pantalón al maestro de Bases de Estática y Mecánica de Materiales. Los dos acompañantes amenazaron con el dedo índice y se alejaron todos. Entre el arquitecto y Mario volvió a aparecer una prudente distancia. La vieja no paraba de gritar, y todavía no podemos escucharla.

Con rapidez, todos vuelven a sus autos y se van. El tráfico vuelve a fluir. Y yo me tomé dos minutos (creo que exagero) para pensar. Ojalá y pudiera contarles que Mario acababa de reprobar Bases de Estática y Mecánica de Materiales por segunda ocasión, viéndose obligado a cursar solo una materia el próximo semestre. Habiendo pospuesto su vida por seis meses, un coraje se apoderó de él y siguió al maestro al salir de la escuela. Una vez que la distancia entre el punto a suceder la golpiza y la escuela, podría considerarse prudente. Mario se bajó de su carro de estudiante y fue a reclamarle al arquitecto.  En plena calle. Sirviendo ahora de algo los gritos de la vieja esa que aún no se calla, pues evitaron que Mario golpeara al que fue su maestro. Pero no es así.

Afortunadamente pude memorizar los números de placas de los carros y del arquitecto. Daré una vuelta por Tránsito del Estado. Ahí podré obtener las direcciones. Aunque seguramente el carro de Mario estará a nombre del abogado. Pero podré tener la dirección de su trabajo. Seguramente el abogado pone en todos sus trámites la dirección de la oficina.

Los voy a seguir un par de semanas. Después, ya veré como hacer para que se junten, y encontrarle un buen final a este relato. Con otro poco de suerte, y lo publico.

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