Letras, sonidos y otras hierbas

Mercadotecnia

Fue justo en la esquina del Blvd. Las Américas y calle de la amargura. Donde está el semáforo aquel, donde mataron al hijo de… no, disculpen, eso fue en otro semáforo.

Los que me conocen saben que las faltas ortográficas pueden ponerme como loco y que algo tan simple como una tilde mal puesta o una tilde no-puesta; puede obsesionarme al grado de convertir una caminata de media hora, en una de tres horas. En una de estas caminatas fue que me topé con este letrero (no puede llamarsele de otra forma) resposado en las piernas de un hombre en silla de ruedas. El Hombre tenía la cara triste, pero la mirada esa que tiene la gente feliz. Paradojas como esta son tan normales en Tijuana que lo extraño es que alguien como yo la haya notado. El letrero era una cartulina verde con letras hechas por manos torpes, un plumón de tinta negra y la prisa matutina. Las letras formaban las siguientes palabras:

“Dios lo vendiga

no puedo trabajar y necesito su coperacion

Dios los vendiga

gracias” (SIC)

Imposible dejar de anotar que no corregí lo anterior. Pero ya ven que luego hay lectores que solo leen un pedazo, lo sacan de su contexto y atentan contra la reputación ortográfica del verdadero dueño y creador del texto; nunca está de más ser precavido y menos tratándose de la reputación ortográfica, ¿qué otra cosa tiene un hombre hoy día?

Esta vez no me puse como loco ante el letrero ni traté de corregirlo. Bueno, sí traté de corregirlo, pero no con el arrebato de las otras veces. Esta vez actué con sutileza, pues a decirles verdad, me causó lástima aquel hombre feliz. No iba a costarme mucho, acaso unos pesos a lo mucho un par de dólares. Además, la satisfacción de corregir ese letrero valdría más que lo otro.

Cruce el Blvd. Las Américas y entré en la Papelería Martínez, salude con prisa a Don Héctor, al chaparro y al Junior (la señora no estaba). Y compré una cartulina color verde fosforecente, un plumón de tinta negra. Y con la misma prisa que se había hecho el letrero anterior, garabatié las letras, solo que ahora sí respeté reglas ortográficas, y el letrero ahora se veía así:

“Dios los bendiga

No puedo trabajar y necesito su cooperación

Dios los bendiga

Gracias.”

Debo admitir también que mi letra es fea, como bien habrán podido imaginarse. Sin embargo, nunca será manchada con la fealdad que conlleva la mala ortografía.  Y así, con la falsa seguridad que da el saber que está haciéndose eso que llaman “una buena obra”, me acerqué al hombre feliz de la silla de ruedas. Con una sonrisa escondida desenrrollé la recién comprada y escrita cartulina. Hube de estirar completamente mis brazos para ponerla frente al hombre, y orgullosamente mostrársela. No tenía que decirle nada, todos entendemos que se la estoy regalando para que pueda continuar con su pediguñería.

La mirada, se le descompuso, se convirtió en una que iba más acorde con la expresión en su rostro, y con un tono de voz bastante rasposo me dijo:

– Sí sé como se escriben pendejo, solo que así saco más dinero.

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