Letras, sonidos y otras hierbas

Archivo para marzo, 2011

Iniciativa México

Iniciativa México

Iniciativa MéxicoAyer desperté y como siempre, manteniendo esa sana fidelidad que le tengo a mis costumbres (manías le llaman algunos, incluso uno que otro atrevido le llama: vicios) busqué la taza de café y los noticieros, en la cocina y la televisión respectivamente. Desde mi decepción con Brozo, no he encontrado a un espacio televisivo capaz de llenar y entretener esas lentas mañanas, aunque es justo admitir que a pesar de todo, Carlos Loret de Mola, me es muy simpático el guey.

La primer sorpresa del día, me la llevé al enterarme que el proyecto Iniciativa México vuelve a las pantallas de nuestras televisiones. Pero ahora, tiene como patiño al Acuerdo para la Cobertura Informativa de la Violencia. Signado por los principales (los de más audiencia pues) Medios de Comunicación en México.

Si alguno de ustedes ha tenido el interes de enterarse o ha hecho click sobre las letras azules anteriores, habrán leído dicho pacto. Y dádose cuenta de su estructura, los más abusados de su contenido. Donde podemos ver que se trata simple y llanamente de llenar las noticias de eufemismos. De evitar ser heraldo de la cruda realidad, de preferir hacerse de la vista gorda (o flaca en este caso) , de seguir enseñándole a los mexicanos algo que ya sabemos y hacemos muy bien, no aceptarnos tal cual somos.

Los medios de comunicación en su labor de informar no deben tomar postura en contra, tampoco a favor.  El punto número uno del pacto es “tomar postura en contra”. Más verbos conjugados en presente y pasado y menos adjetivos calificativos.

Los medios de comunicación en su labor de de informar deben convertirse en voceros de la delicuencia organizada (la legal y la ilegal). Sí, deben convertirse en voceros de los actores más influyentes (en el sentido real de la palabra, no el mexicano) de la sociedad. Gustenos o no, la delicuencia organizada es lo que tiene a los medios firmando pactos de autocensura. El punto número dos del pacto es “no convertirse en voceros involuntarios de la delicuencia organizada”.

Los medios de comunicación en su labor de informar deben buscar influir lo menos posible en sus noticias. Sí, deben buscan presentar la información sin juzgar, modificar, influenciar, dirigir y/o dimensionarla. El punto número tres del pacto es “dimensionar adecuadamente la información”.

Los medios de comunicación en su labor de informar deben atribuir responsabilidades explícitamente. Aquí sí estoy completamente de acuerdo, deben atribuir responsabilidades explícitamente. Y no solo en cuestiones relacionadas con el crimen organizado. Atribuir responsabilidades explícitamente. Quién hizo qué. El punto número cuatro del pacto es “Atribuir responsabilidades explícitamente”.

Los medios de comunicación en su labor de informar deben evitar prejuzgar. Aquí también estoy de acuerdo con el pacto. Deben evitar prejuzgar. También eviten, prejuzgar a las víctimas “se relaciona a la víctima con el crimen organizado”, es casi por default, al informar el hallazgo de un cadaver. El punto número cinco del pacto es “no prejuzgar culpables”.

Los medios de comunicación en su labor de informar no pueden ser responsables de cuidar a nadie, excepto a si mismos (hablando de las personas que forman los medios de comunicación). El punto número seis del pacto es “Cuidar a las víctimas y a los menores de edad”.

Los medios de comunicación en su labor de informar no deben alentar a la ciudadanía a participar en algo. Los medios, deben informar. El punto número siete del pacto es “alentar la participación y denuncia ciudadana”.

Los medios de comunicación en su labor de informar deben tener cuidado. El punto número ocho del pacto es “Proteger a los periodistas”.

Los medios de comunicación en su labor de informar deben no solidarizarse con ninguna causa. Aquí la verdad los periodistas me cansan en su petición de trato especial. Ya. Hoy en México es peligroso tan solo salir a la callle. El punto número del nueve es “solidarizarse ante cualquier amenaza o acción contra reporteros y medios.”

Los medios de comunicación en su labor de informar deben informar. Sí, no influir, no juzgar, no calificar sus noticias. Tan solo investigar e informar. Cualquier otra cosa que hagan fuera de investigar e informar, es interferir en la noticia (no solo en la relacionada al crimen organizado).

La Sociedad mexicana vive momentos cruciales y tiene un gran problema, es incapaz de verse; por lo tanto, es incapaz de conocerse. Nuestro país necesita aceptarse tal cual es, necesita conocerse, solo así podrá mejorar (lo que quiera usted que mejorar signifique, ahora que lo veo mejor cambiar o revolucionarse hubiese sido un verbo más adecuado).

Los lentes por los cuales nos vemos son los medios de comunicación y necesitamos no empañarlos con eufemismos. Necesitamos aprender a vernos tal cual somos. Necesitamos sentir verguenza al vernos desnudos frente al espejo. Necesitamos vernos y aceptarnos, solo así podremos ver que estamos (aquí es muy importante la primera persona) jodidos.

Lo que está jodido, es el país. El país, somos todos…. (los que se pasan los altos, los que dan mordidas, los que no trabajan, los que nos drogamos, los que vemos televisión, los que son violentos…. hombre, todos entendemos lo que significa todos, ya no nos hagamos pendejos).

LM


MUTO

La pesadilla más hermosa que hubiera podido imaginar. Gracias Blu.


Clásico

«Una definición de derby o clásico es que ahí el público se empeña más que los jugadores.»
Juan Villoro

La palabra significa digno de imitación (del latín classicus: perteneciente a una clase, particularmente a una clase superior respecto de una inferior; o sea, lo que debe tomarse como modelo por ser de calidad superior). También, en Historia, se le llamo clásico a lo perteneciente o relativo a la época clásica, especificamente a las culturas grecorromanas, por ser estas dignas de imitación, principalmente durante el renacimiento, que se llama así por el renacer estético en el arte de las grandes culturas, tomando los modelos grecolatinos.. y dejándome ya de tanta mamada. Y entrando a lo que me tiene aquí escribiendo; el próximo domingo viviremos un clásico, el mal llamado clásico jóven del futbol mexicano, el América contra Cruz Azul, el partido que alguna vez enfrentó a dos grandes.

En el futbol, se les llama clásicos a esos partidos entre dos equipos que prescinden de las limitantes de tiempo y espacio. Pues duran mucho tiempo, demasiado cuando los pierdes y muy poco cuandos los ganas; no tienen espacio alguno, pues se juega igual en la tribuna, en la cancha o detrás (en México dentro) de un televisor. Esos partidos que no valen puntos o campeonatos, esos partidos que los deciden los hombres, no los jugadores de futbol.

Lo clubes de futbol solían representar algo, solían tener un significado más allá del socio, del hincha, o de lo que sea. Hoy día, la economía mundial, la política y por supuesto, el futbol. Se miden, se juzgan y se cotizan en concordancia con su rating. Y este partido representa mucho más de lo que vivimos los aficionados( apuestas, burlas, mentadas, algunos idiotas golpes, etc). Representa mucho más que lo que viven los jugadores (primas económicas, prestigio, rivalidad). Representa la lucha de dos televisoras, representa tiempo aire en la televisión mexicana. Representa, algo más que futbol. Es un clásico que se gana o pierde con rating, no con goles.

El 3 de octubre de 2010, Cruz Azul pudo al fin cometer parricidio con un golazo del Chaco Giménez. Pero poco importó, Cruz Azul y América siguen igual extrañando su grandeza. El gol de Christian Giménez, no decidió el partido, lo decidió el arbitro del partido, el Sr. Marco Antonio Rodríguez. Y no fue al desentenderse para marcar un fuera de lugar, o ajusticiar con una tarjeta roja al estilo Bussaca. Fue, con algo más simple: iniciar el partido diez minutos más tarde de lo previsto y con un medio tiempo que duró 18 minutos. La razón. Que una televisora no le joda a otra su programación.

La semana previa al clásico jóven estuvo manchada con dimes y diretes, que se acallaron cuando al final decidiose y pactose comenzar el partido a las 16:30 . Tanto el programa ‘Décadas’ de Televisa, y ‘La Academia Bicentenario’ de TV Azteca comenzaban a las 19:00 horas y todo parecía perfecto para que en TV Azteca con el horario de las 17:00 horas, ligara a los televidentes del futbol inmediatamente, sin cortes y no perdieran la atención. Algo que al final, pudo lograrse, gracias a la ayuda del productor de televisión Marco Antonio Rodríguez. Igual poco me interesa quien vió que y quién le cambió y quién ganó la partida. Lo que sí, es que en las condiciones de nuestro futbol por vergonzosas que estas sean. El América Cruz Azul, es un clásico. Es uno de esos partidos que se juegan más fuera de la cancha, que dentro de la misma.

Es un partido que no responde a las limitantes físicas que los otros partidos responden (tiempo y espacio), es un partido, que como cruzazulino, me caga perderlo. Es un partido, que enfrenta a los dos entes más poderosos de México, una televisora contra otra televisora.

Ojalá y no fuera así.


Un hombre muerto a puntapiés

Este, me parece uno de los escritores a los que la historia de la literatura hispana no le ha hecho aún justicia, como ya lo habrán notado, no soy de los que quieren embarrarle elogios a letras que no necesitan aderezos. Así que vamos directamente, con ustedes “Un hombre muerto a puntapiés”, de Pablo Palacio….

Sonaron dos o tres aplausos, al menos yo los escuche.

 

 

¿”Cómo echar al canasto los

palpitantes acontecimientos callejeros?”

“Esclarecer la verdad es acción moralizadora.”

EL COMERCIO de Quito

 

“Anoche, a las doce y media próximamente, el Celador de Policía No.451, que hacía el servicio de esa zona, encontró, entre las calles Escobedo y García, a un individuo de apellido Ramírez casi en completo estado de postración. El desgraciado sangraba abundantemente por la nariz, e interrogado que fue por el señor Celador dijo haber sido víctima de una agresión de parte de unos individuos a quienes no conocía, sólo por haberles pedido un cigarrillo. El Celador invitó al agredido a que le acompañara a la Comisaría de turno con el objeto de que prestara las declaraciones necesarias para el esclarecimiento del hecho, a lo que Ramírez se negó rotundamente. Entonces, el primero, en cumplimiento de su deber, solicitó ayuda de uno de los chaufferes de la estación mas cercana de autos y condujo al herido a la Policía, donde, a pesar de las atenciones del médico, doctor Ciro Benavides, falleció después de pocas horas.

“Esta mañana, el señor Comisario de la 6a. ha practicado las diligencias convenientes; pero no ha logrado descubrirse nada acerca de los asesinos ni de la procedencia de Ramírez. Lo único que pudo saberse, por un dato accidental, es que el difunto era vicioso.

“Procuraremos tener a nuestros lectores al corriente de cuanto se sepa a propósito de este misterioso hecho.” No decía más la crónica roja del Diario de la Tarde.

Yo no sé en qué estado de ánimo me encontraba entonces. Lo cierto es que reí a satisfacción. ¡Un hombre muerto a puntapiés! Era lo más gracioso, lo más hilarante de cuanto para mí podía suceder. Esperé hasta el otro día en que hojeé anhelosamente el Diario, pero acerca de mi hombre no había una línea. Al siguiente tampoco. Creo que después de diez días nadie se acordaba de lo ocurrido entre Escobedo y García.

Pero a mí llegó a obsesionarme. Me perseguía por todas partes la frase hilarante: ¡Un hombre muerto a puntapiés! Y todas las letras danzaban ante mis ojos tan alegremente que resolví al fin reconstruir la escena callejera o penetrar, por lo menos, en el misterio de por qué se mataba a un ciudadano de manera tan ridícula.

Caramba, yo hubiera querido hacer un estudio experimental; pero he visto en los libros que tales estudios tratan sólo de investigar el cómo de las cosas; y entre mi primera idea, que era ésta, de reconstrucción, y la que averigua las razones que movieron a unos individuos a atacar a otro a puntapiés, más original y beneficiosa para la especie humana me pareció la segunda. Bueno, el por qué de las cosas dicen que es algo incumbente a la filosofía, y en verdad nunca supe que de filosófico iban a tener mis investigaciones, además de que todo lo que lleva humos de aquella palabra me anonada. Con todo, entre miedoso y desalentado, encendí mi pipa.

-Esto es esencial, muy esencial.

La primera cuestión que surge ante los que se enlodan en estos trabajitos es la del método. Esto lo saben al dedillo los estudiantes de la Universidad, los de los Normales, los de los Colegios y en general todos los que van para personas de provecho. Hay dos métodos: la deducción y la inducción (véase Aristóteles y Bacon).

El primero, la deducción me pareció que no me interesaría. Me han dicho que la deducción es un modo de investigar que parte de lo más conocido a lo menos conocido. Buen método: lo confieso. Pero yo sabía muy poco del asunto y había que pasar la hoja.

La inducción es algo maravilloso. Parte de lo menos conocido a lo más conocido… ¿Cómo es? No lo recuerdo bien… En fin, ¿quién es el que sabe de estas cosas?) Si he dicho bien, este es el método por excelencia. Cuando se sabe poco, hay que inducir. Induzca, joven.

Ya resuelto, encendida la pipa y con la formidable arma de la inducción en la mano, me quedé irresoluto, sin saber qué hacer.

-Bueno, y ¿cómo aplico este método maravilloso? -me pregunté.

¡Lo que tiene no haber estudiado a fondo la lógica! Me iba a quedar ignorante en el famoso asunto de las calles Escobedo y García sólo por la maldita ociosidad de los primeros años.

Desalentado, tomé el Diario de la Tarde, de fecha 13 de enero -no había apartado nunca de mi mesa el aciago Diario- y dando vigorosos chupetones a mi encendida y bien culotada pipa, volví a leer la crónica roja arriba copiada. Hube de fruncir el ceño como todo hombre de estudio -¡una honda línea en el entrecejo es señal inequívoca de atención!

Leyendo, leyendo, hubo un momento en que me quedé casi deslumbrado.

Especialmente el penúltimo párrafo, aquello de “Esta mañana, el señor Comisario de la 6a….” fue lo que más me maravilló. La frase última hizo brillar mis ojos: “Lo único que pudo saberse, por un dato accidental, es que el difunto era vicioso.” Y yo, por una fuerza secreta de intuición, que Ud. no puede comprender, leí así: ERA VICIOSO, con letras prodigiosamente grandes.

Creo que fue una revelación de Astartea. El único punto que me importó desde entonces fue comprobar que clase de vicio tenía el difunto Ramírez. Intuitivamente había descubierto que era… No, no lo digo para no enemistar su memoria con las señoras…

Y lo que sabía intuitivamente era preciso lo verificara con razonamientos, y si era posible, con pruebas.

Para esto, me dirigí donde el señor Comisario de la 6a. quien podía darme los datos reveladores. La autoridad policial no había logrado aclarar nada. Casi no acierta a comprender lo que yo quería. Después de largas explicaciones me dijo, rascándose la frente:

-¡Ah!, sí… El asunto ese de un tal Ramírez… Mire que ya nos habíamos desalentado… ¡Estaba tan oscura la cosa! Pero, tome asiento; por qué no se sienta señor… Como Ud. tal vez sepa ya, lo trajeron a eso de la una y después de unas dos horas falleció… el pobre. Se le hizo tomar dos fotografías, por un caso… algún deudo… ¿Es Ud. pariente del señor Ramírez? Le doy el pésame… mi más sincero…

-No, señor -dije yo indignado-, ni siquiera le he conocido. Soy un hombre que se interesa por la justicia y nada más…

Y me sonreí por lo bajo. ¡Qué frase tan intencionada! ¿Ah? “Soy un hombre que se interesa por la justicia.” ¡Cómo se atormentaría el señor Comisario! Para no cohibirle más, apresuréme:

-Ha dicho usted que tenía dos fotografías. Si pudiera verlas…

El digno funcionario tiró de un cajón de su escritorio y revolvió algunos papeles. Luego abrió otro y revolvió otros papeles. En un tercero, ya muy acalorado, encontró al fin.

Y se portó muy culto:

-Usted se interesa por el asunto. Llévelas no más caballero… Eso sí, con cargo de devolución -me dijo, moviendo de arriba a abajo la cabeza al pronunciar las últimas palabras y enseñándome gozosamente sus dientes amarillos.

Agradecí infinitamente, guardándome las fotografías.

-Y dígame usted, señor Comisario, ¿no podría recordar alguna seña particular del difunto, algún dato que pudiera revelar algo?

-Una seña particular… un dato… No, no. Pues, era un hombre completamente vulgar. Así más o menos de mi estatura -el Comisario era un poco alto-; grueso y de carnes flojas. Pero una seña particular… no… al menos que yo recuerde…

Como el señor Comisario no sabía decirme más, salí, agradeciéndole de nuevo.

Me dirigí presuroso a mi casa; me encerré en el estudio; encendí mi pipa y saqué las fotografías, que con aquel dato del periódico eran preciosos documentos.

Estaba seguro de no poder conseguir otros y mi resolución fue trabajar con lo que la fortuna había puesto a mi alcance.

Lo primero es estudiar al hombre, me dije. Y puse manos a la obra. Miré y remiré las fotografías, una por una, haciendo de ellas un estudio completo. Las acercaba a mis ojos; las separaba, alargando la mano; procuraba descubrir sus misterios.

Hasta que al fin, tanto tenerlas ante mí, llegué a aprenderme de memoria el más escondido rasgo.

Esa protuberancia fuera de la frente; esa larga y extraña nariz ¡que se parece tanto a un tapón de cristal que cubre la poma de agua de mi fonda!, esos bigotes largos y caídos; esa barbilla en punta; ese cabello lacio y alborotado.

Cogí un papel, trace las líneas que componen la cara del difunto Ramírez. Luego, cuando el dibujo estuvo concluido, noté que faltaba algo; que lo que tenía ante mis ojos no era él; que se me había ido un detalle complementario e indispensable… ¡Ya! Tomé de nuevo la pluma y completé el busto, un magnífico busto que de ser de yeso figuraría sin desentono en alguna Academia. Busto cuyo pecho tiene algo de mujer.

Después… después me ensañé contra él. ¡Le puse una aureola! Aureola que se pega al cráneo con un clavito, así como en las iglesias se las pegan a las efigies de los santos.

¡Magnífica figura hacía el difunto Ramírez!

Mas, ¿a qué viene esto? Yo trataba… trataba de saber por qué lo mataron; sí, por qué lo mataron… Entonces confeccioné las siguientes lógicas conclusiones:

El difunto Ramírez se llamaba Octavio Ramírez (un individuo con la nariz del difunto no puede llamarse de otra manera);

Octavio Ramírez tenía cuarenta y dos años;

Octavio Ramírez andaba escaso de dinero;

Octavio Ramírez iba mal vestido; y, por último, nuestro difunto era extranjero.

Con estos preciosos datos, quedaba reconstruida totalmente su personalidad.

Sólo faltaba, pues, aquello del motivo que para mí iba teniendo cada vez más caracteres de evidencia. La intuición me lo revelaba todo. Lo único que tenia que hacer era, por un puntillo de honradez, descartar todas las demás posibilidades. Lo primero, lo declarado por él, la cuestión del cigarrillo, no se debía siquiera meditar. Es absolutamente absurdo que se victime de manera tan infame a un individuo por una futileza tal. Había mentido, había disfrazado la verdad; más aún, asesinado la verdad, y lo había dicho porque lo otro no quería, no podía decirlo.

¿Estaría beodo el difunto Ramírez? No, esto no puede ser, porque lo habrían advertido enseguida en la Policía y el dato del periódico habría sido terminante, como para no tener dudas, o, si no constó por descuido del repórter, el señor Comisario me lo habría revelado, sin vacilación alguna.

¿Qué otro vicio podía tener el infeliz victimado? Porque de ser vicioso, lo fue; esto nadie podrá negármelo. Lo prueba su empecinamiento en no querer declarar las razones de la agresión. Cualquier otra causal podía ser expuesta sin sonrojo. Por ejemplo, ¿qué de vergonzoso tendrían estas confesiones:

“Un individuo engañó a mi hija; lo encontré esta noche en la calle; me cegué de ira; le traté de canalla, me le lancé al cuello, y él, ayudado por sus amigos, me ha puesto en este estado” o “Mi mujer me traicionó con un hombre a quien traté de matar; pero él, más fuerte que yo, la emprendió a furiosos puntapiés contra mí” o “Tuve unos líos con una comadre y su marido, por vengarse, me atacó cobardemente con sus amigos”?

Si algo de esto hubiera dicho a nadie extrañaría el suceso.

También era muy fácil declarar:

“Tuvimos una reyerta.”

Pero estoy perdiendo el tiempo, que estas hipótesis las tengo por insostenibles: en los dos primeros casos, hubieran dicho algo ya los deudos del desgraciado; en el tercero su confesión habría sido inevitable, porque aquello resultaba demasiado honroso; en el cuarto, también lo habríamos sabido ya, pues animado por la venganza habría delatado hasta los nombres de los agresores.

Nada, que a lo que a mí se me había metido por la honda línea del entrecejo era lo evidente. Ya no caben más razonamientos. En consecuencia, reuniendo todas las conclusiones hechas, he reconstruido, en resumen, la aventura trágica ocurrida entre Escobedo y García, en estos términos:

Octavio Ramírez, un individuo de nacionalidad desconocida, de cuarenta y dos años de edad y apariencia mediocre, habitaba en un modesto hotel de arrabal hasta el día 12 de enero de este año.

Parece que el tal Ramírez vivía de sus rentas, muy escasas por cierto, no permitiéndose gastos excesivos, ni aun extraordinarios, especialmente con mujeres. Había tenido desde pequeño una desviación de sus instintos, que lo depravaron en lo sucesivo, hasta que, por un impulso fatal, hubo de terminar con el trágico fin que lamentamos.

Para mayor claridad se hace constar que este individuo había llegado sólo unos días antes a la ciudad teatro del suceso.

La noche del 12 de enero, mientras comía en una oscura fonducha, sintió una ya conocida desazón que fue molestándole más y más. A las ocho, cuando salía, le agitaban todos los tormentos del deseo. En una ciudad extraña para él, la dificultad de satisfacerlo, por el desconocimiento que de ella tenía, le azuzaba poderosamente. Anduvo casi desesperado, durante dos horas, por las calles céntricas, fijando anhelosamente sus ojos brillantes sobre las espaldas de los hombres que encontraba; los seguía de cerca, procurando aprovechar cualquiera oportunidad, aunque receloso de sufrir un desaire.

Hacia las once sintió una inmensa tortura. Le temblaba el cuerpo y sentía en los ojos un vacío

doloroso.

Considerando inútil el trotar por las calles concurridas, se desvió lentamente hacia los arrabales, siempre regresando a ver a los transeúntes, saludando con voz temblorosa, deteniéndose a trechos sin saber qué hacer, como los mendigos.

Al llegar a la calle Escobedo ya no podía más. Le daban deseos de arrojarse sobre el primer hombre que pasara. Lloriquear, quejarse lastimeramente, hablarle de sus torturas…

Oyó, a lo lejos, pasos acompasados; el corazón le palpitó con violencia; arrimóse al muro de una casa y esperó. A los pocos instantes el recio cuerpo de un obrero llenaba casi la acera. Ramírez se había puesto pálido; con todo, cuando aquel estuvo cerca, extendió el brazo y le tocó el codo. El obrero se regresó bruscamente y lo miró. Ramírez intentó una sonrisa melosa, de proxeneta hambrienta abandonada en el arroyo. El otro soltó una carcajada y una palabra sucia; después siguió andando lentamente, haciendo sonar fuerte sobre las piedras los tacos anchos de sus zapatos. Después de una media hora apareció otro hombre. El desgraciado, todo tembloroso, se atrevió a dirigirle una galantería que contestó el transeúnte con un vigoroso empellón. Ramírez tuvo miedo y se alejó rápidamente.

Entonces, después de andar dos cuadras, se encontró en la calle García. Desfalleciente, con la boca seca, miró a uno y otro lado. A poca distancia y con paso apresurado iba un muchacho de catorce años. Lo siguió.

-¡Pst! ¡Pst! El muchacho se detuvo.

-Hola rico… ¿Qué haces por aquí a estas horas?

-Me voy a mi casa… ¿Qué quiere?

-Nada, nada… Pero no te vayas tan pronto, hermoso…

Y lo cogió del brazo.

El muchacho hizo un esfuerzo para separarse.

-¡Déjeme! Ya le digo que me voy a mi casa.

Y quiso correr. Pero Ramírez dio un salto y lo abrazó. Entonces el galopín, asustado, llamó gritando:

-¡Papá! ¡Papá!

Casi en el mismo instante, y a pocos metros de distancia, se abrió bruscamente una claridad sobre la calle. Apareció un hombre de alta estatura. Era el obrero que había pasado antes por Escobedo.

Al ver a Ramírez se arrojó sobre él. Nuestro pobre hombre se quedó mirándolo, con ojos tan grandes y fijos como platos, tembloroso y mudo.

-¿Que quiere usted, so sucio?

Y le asestó un furioso puntapié en el estómago. Octavio Ramírez se desplomó, con un largo hipo doloroso.

Epaminondas, así debió llamarse el obrero, al ver en tierra a aquel pícaro, consideró que era muy poco castigo un puntapié, y le propinó dos más, espléndidos y maravillosos en el género, sobre la larga nariz que le provocaba como una salchicha.

¡Cómo debieron sonar esos maravillosos puntapiés!

Como el aplastarse de una naranja, arrojada vigorosamente sobre un muro; como el caer de un paraguas cuyas varillas chocan estremeciéndose; como el romperse de una nuez entre los dedos; ¡o mejor como el encuentro de otra recia suela de zapato contra otra nariz!

Así:

¡Chaj!

con un gran espacio sabroso.

¡Chaj!




Domingo de futbol….

Hermoso domingo de futbol. Cierta música adorna mis pensamientos. Ciertas imagenes aparecen cuando cierro los ojos…. las comparto.