Letras, sonidos y otras hierbas

Archivo para diciembre, 2010

Dios es redondo, de Juan Villoro

Dios es Redondo

Portada

Conforme mi vida va acumulando verbos conjugados en pasado perfecto, sigo descubriendo lazos que atan al futbol con la literatura. Letras que llueven sobre las canchas de futbol que al chocar producen libros que hablan de futbol, casualidades y paradojas como una que marca mi vida: soy tan mal intento escritor, como fui (he aquí el pasado perfecto) mal intento de jugador.

Pero este don que tengo para maltratar palabras tan parecido al que tuve para maltratar balones. Me ha llevado a disfrutar como pocos, y como muchos más deberían; libros que parecen haber sido muy bien jugados y partidos que parecen haber sido muy bien escritos. Descubriendo joyitas como la que hoy vengo a recomendarles. Se trata de Dios es redondo, libro de Juan Villoro.

En un país donde el futbol es para nacos y los libros son para fresas. Donde los comentaristas deportivos patean el idioma, peor que Gerardo Torrado a los rivales. El encuentro de las letras y el futbol se da solo en los periódicos deportivos; la mayor parte de las veces para situar a la ficción donde no debería estar: en los periódicos. La ficción en un claro fuera de lugar.

Juan Villoro logra meterse en este match alejadísimo del fair play, para poner a su prosa al servicio de mi metáfora favorita, el futbol como reflejo de la vida. Cuando un libro trata de futbol, es casi inetivable la comparación para con la obra de Eduardo Galeano y su Futbol a sol y sombra, un claro homenaje a la hinchada, a la tribuna, al esperanzado del buen futbol. Villoro, logra hacer un fiel e involuntario reflejo de lo que es la fanaticada mexicana del futbol y comparte el mismo defecto que parece ser recurrente cuando el arte intenta bajar a las canchas de futbol. Es tanto el afan por ser hermoso, que se olvida de  simplemente ser; como el jugador de futbol que cuando debería simplemente dar un pase,  prefiere tirarlo de taquito para quedar bien con la grada. Así sucede con Dios es redondo de repente queda sobrado de adornos, de innecesarios lujos que lo ayudan a ser simplemente hermoso. Como la cascada de elogios que deja caer el autor para el Barcelona FC y la esforzada critica al Real Madrid, que se lleva medio libro. Que deja como accesorio a lo mejor del libro; el imparcial relato de la vida de Diego Maradona y la muy buena crónica que hace de los mundiales 98 y 2002, donde el autor nos muestra lo que mejor hace: narrar. Por último, el libro cierra con un par de conversaciones entre Juan Villoro a quien se le nota le hubiera gustado jugar como Valdano; y un Valdano a quien se le nota le hubiese gustado escribir como Villoro, un par de encuentros arreglados, lleno de frases arregladas y no por eso menos interesantes.

En suma, este es un libro escrito por un crack de las letras en un partido de exhibición (defecto que comparte con el de Galeano), juega  para quedar bien con la tribuna. Y no por esto es un libro aburrido, muy al contrario, se encuentra lleno de divertidas anécdotas, contadas con la maestría y frescura que suelen llevar las palabras de Villoro. Es un libro que me hizo llegar tarde a una cita, es un libro que logro mantenerme minutos de más en el baño. Es un libro, que si y solo si te gusta el futbol, quedas obligado a leer.

LM

 

 


El día que vi la vuelta olímpica que tanto soñé y me di cuenta que se siente como un balde de agua fría

Caminé al estadio con el ipod bien puesto, el volumén bien alto y las esperanzas bien fundadas; el equipo local ya ganaba el partido dos a cero, solo había que dar el tiro de gracia (metáfora muy tijuanense) y a levantar la copa (metáfora muy mexicana).

Tijuana es una ciudad desorganizada, agarrar todas las casas y hoteles del monopoly y arrojarlas sobre el tablero nos regala una imagen casi tan acertada como la de google earth, y en eso, el equipo Xoloescuincles de Tiyéi, nos representa con toda la propiedad con la que tradicionalmente un equipo profesional de futbol represantaba a su comunidad. Ya no, ya sé.

La entrada al estadio Caliente es un reflejo del bosquejo urbano de la ciudad, parece hecha por ingenieros incapaces de imaginar la línea recta. Caminos en perpetua construcción y zigzagueantes como andar de borracho.

El Estadio está asentado en medio de un hipódromo que ya es galgódromo y que quiere ser casino, donde puedes dar un recorrido por un zoológico, estacionar el auto donde no es estacionamiento, donde te lo cuida un inseguro adolescente portando una camiseta con la palabra: seguridad. Y con un chingo de tierra. Tierra por todos lados. Sí, tierra.

El estadio consta de unos palcos de los que nadie quisiera ser dueño, que resaltan y parece lo único que hay. Pero el resto del estadio es hacia abajo, donde el mero bottom es un perfecto tapete con una cancha de futbol dibujada en él. Pasto artificial, le llaman.

Encuentro mi asiento  y justo enfrente, puedo ver un graderío que parece de campo amateur, donde según me dicen está la gente más pipirisnais. Cuelga una lona que dice: “a 90 minutos de cumplir este gran sueño.”  Los equipos de futbol se alejan cada vez más de la comunidad. La mayoría de los que estabamos en ese estadio, nunca hemos soñado con ganarle a Veracruz. Soñamos con que Tijuana tenga un equipo de Primera división. ¿A quién se le ocurrió devaluar un campeonato partiendo un año futbolístico en dos?

He estado en todas las finales que un equipo profesional de Tijuana ha jugado y todas se habían perdido. Si no se ganaba esta, le arrancó la cheve al que estaba a mi lado y la arrojó hacia arriba. No esperaba un buen partido, pues bien sé que el duende del futbol está ocupado ayudando al Barcelona, y un viaje transatlántico para regalar algo en un partido de doscientos pesos, es impensable para este puto duende vendido.

Los equipos saltaron a la cancha con toda la parafernalia y el mal gusto  que puede tener un decorador de casinos o el publicista de un narcotraficante. Ah cabrón, ahora que lo pienso sí tiene bastante sentido.

El partido no fue tan malo en un inicio, pero el arbitro comenzó a pitar tanta faltita, que rápido y por la poca ambición mostrada por Veracruz y el natural y plausible conformismo de la escuadra tijuanense, el partido se definió sin caer ningún gol. Era fácil ver que el duende del futbol no había conseguido boleto.

Las gradas fueron un murmullo constante de voces reclamando que la cerveza había terminadose antes del primer tiempo, las miradas reflejaban una sincera preocupación, quienes no buscaban asiento buscaban al cervecero (ninguno tan eficiente como la Soraya), y algunos, volteábamos ocasionalmente a la cancha buscando futbol.

Llegó el medio tiempo trayendo consigo el carnaval de botargas, strippers con mucha ropa y cerveza al estadio. Ahora la queja fue que la cerveza estaba aún caliente. Como en toda cancha de futbol fuimos al baño, a comprar bebida, a comprar comida y/0 a saludar a alguien. Antes de los reglamentarios quince minutos, todos fuimos regresando a nuestros lugares. Los jugadores regresaron, los arbitros regresaron, la ausencia de futbol también regresó.

Los siguientes cuarenta y cinco minutos fueron igual de aburridos en la cancha, como divertidos fueron en la tribuna. Algunos intentaron hacer la ola, pero ese que llaman el respetable simplemente no colaboró con dicha iniciativa. Otras, aprovecharon para calcular la medida de Oscar Mascorro, me refiero al uniforme,  quién seguramente debería usar L y se pone un M. Yo, fui vencido por el tedio y busqué en la grada lo que no encontré en la cancha, para toparme con la bizarra y paradójica imagen de un tipo con cara de Danny Trejo, chamarra de Biker y un paliacate amarrado a la cabeza a la usanza chola, pegando unos brinquitos y agitando un globo rojo y uno negro.

Gol. Cayó el gol, me encantaría relatarles cómo fue, quién lo metió, cómo celebró el anotador pero simplemente no lo vi. Desafortunadamente estaba ocupado tratando de explicarle al pizzero que cuarenta más cuarenta son ochenta y que cien menos ochenta son veinte. En esa pedagógica acción de pagar por una pizza, se me fue el gol más importante que se ha anotado en la historia del futbol profesional en mi natal y querida Tijuana. No tuve tiempo de lamentarme, la lluvia de cerveza (ojalá y haya sido cerveza) me llevó a pensar en otra cosa. Tan solo me prometí no despegar mis ojos de la cancha de nuevo. Ojalá y hubiese roto mi promesa; nada para decir, a menos que decida aventurarme en una empresa como la descrita por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, en el cuento “Esse est percipi”.

El pitido final hizo estallar de júbilo al estadio unos por ver a sus xolos campeones, otros por ver acabado a ínfame partido. Partido que si bien no cumplirá las exigencias estéticas de un aficionado al futbol; cumplirá con creces las expectativas de un aficionado a los Xolos. Pues también, es importante resaltar lo siguiente: Xolos jugaron a lo que ellos quisieron y dominaron el partido (enfríandolo) los noventa minutos. Xolos, con todo y su estilo ultradefensivo y destructor, son los amos y señores y por supuesto, justos campeones de la primera división A (eufemismo para segunda división).

Nunca había visto una vuelta olímpica en vivo, y desafortunadamente no me transmitió nada, si acaso, un poco de amargura, cuando nosotros fuimos/hicimos a la Masacre Nacional, nunca pudimos hacer campeones a los nuestros.

Ayer fue el día que vi la vuelta olímpica que tanto había soñado y me dí cuenta que se siente como un balde de agua fría; sí, lo único que sentí fue la frialdad de una cerveza caerme en la espalda.

Lucho


¿Te veré en el desayuno? de Guillermo Fadanelli

-¿Cuánto traes? – preguntó.
-Sólo doscientos pesos -dijo él, apenado-; es todo lo que tengo-.
Y ella:
-No te preocupes, eso es todo lo que valgo. Estás de suerte, ¿qué signo eres?…

¿Te veré en el desayuno?Tan pronto terminé de leer ¿Te veré en el desayuno? de Guillermo Fadanelli y corrí a escribir esto, no quería perder en los vericuetos de la memoria este aftertaste que deja el libro, saborcito a  viejo,  sabor bastante conocido y a su vez, irreconocible o irreconciliable tal vez.

Novela reeditada recientemente por Almadía, dos mil nueve para acercarnos más a lo exacto.  Tiene esa peculiaridad de la buena literatura, la atemporalidad. Pues las situaciones pueden adaptarse a diferentes décadas, ya sean los noventas donde fue escrita y pensada por Fadanelli (aquí me aventure a suponer, pero al menos publicada en los noventas, eso sí me consta), o mediados de la presente década, cuando fue adapatada al cine por Rodrigo Pizá, o en esta naciente década (MMX) cuando fue leída por su servidor.

Prosaica la prosa de Guillermo Fadanelli,  que con palabras digeribles y solo con los adornos necesarios. Nos lleva de la mano, sin dejarnos apartar la vista del libro, a observar con cierta lástima la interrupción en la rutina de personajes corrientes y cómunes; que buscan eso que no saben qué es, pero deben buscar.

Los personajes se mueven (lentamente, pero se mueven) en dos tramas gemelas, que desde temprano podemos darnos cuenta deberán coincidir. Pero que logra mantenernos atentos y haciéndonos la pregunta: ¿qué demonios pueden hacer estos pobres diablos? (la paradoja es completamente intencional).

Las virtudes narrativas de Fadanelli se manifiestan a lo largo de las cortas 178 páginas que contiene el libro.  Por lo que ¿Te veré en el desayuno? es una altamente recomendable novela, que bien puede leerse en incómodas posturas, incómoda situación, en el metro, en el taxi o en cualquier lugar no destinado para leer. Su invitación a preguntas necesarias, y su fácil estructura la hacen una de esas perlitas literarias que adornan las estanterías de esas ya no frecuentadas librerías.

LM